Un sistema monetario digital respaldado por oro y plata físicos

La evolución digital del patrón oro

Kinesis Money es una plataforma monetaria basada en oro y plata físicos que permite a particulares y empresas comprar, mantener, transferir, gastar y recibir metales preciosos a través de un sistema de pagos digital.

En lugar de utilizar monedas fiduciarias, la plataforma emplea dos tokens nativos: KAU, que representa un gramo de oro, y KAG, que representa una onza de plata. Según la documentación legal de Kinesis, cada token representa la propiedad directa de metal físico totalmente asignado, custodiado en bóvedas aseguradas e independientes ubicadas en algunos de los principales centros mundiales de comercio de metales preciosos. El respaldo uno a uno de KAU y KAG es auditado de forma independiente dos veces al año por Bureau Veritas, una empresa internacional de inspección, ensayo y certificación.

La idea de utilizar metales preciosos como dinero está lejos de ser nueva. Los metales preciosos han desempeñado la función de dinero durante la mayor parte de la historia, y no solo en las civilizaciones antiguas o en la época preindustrial: «En el siglo XIX, los sistemas monetarios funcionaban de forma muy distinta a como lo hacen hoy. El dinero estaba vinculado a metales preciosos (lingotes). Las monedas (efectivo) se acuñaban a partir de los lingotes, y el papel moneda podía cambiarse por lingotes a valores de cambio garantizados. … Al final de la década de 1870, todos los principales países industrializados utilizaban monedas de oro.» (www.imf.org)

Mientras que tokens respaldados por oro como Pax Gold y Tether Gold están concebidos principalmente como productos de inversión, los KAU y KAG de Kinesis están diseñados para funcionar como monedas digitales dentro de un sistema monetario más amplio, retomando así un papel que los metales preciosos han desempeñado durante siglos.

¿Por qué cada vez más personas buscan alternativas a las monedas fiduciarias? La búsqueda de una Moneda sólida

“El rey no puede bajar la moneda de peso ó de ley sin la voluntad del pueblo… Esto se deduce de lo ya dicho, porque si el príncipe no es señor, sino administrador de los bienes de particulares, ni por este camino ni por otro les podrá tomar parte de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues les dan por mas lo que vale menos.” (Juan de Mariana, Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, 1609)

“Cuando un Estado recurre a la emisión monetaria para financiar sus gastos… a este robo le damos el nombre de inflación.” (Javier Milei, President or Argentine)

Quienes critican el patrón oro suelen argumentar que las economías modernas necesitan flexibilidad monetaria y que atar completamente la moneda a activos reales limitaría la capacidad de respuesta de los gobiernos en momentos de crisis. Sin embargo, es difícil negar que las monedas fiduciarias son muy vulnerables a la pérdida de valor, sobre todo cuando las autoridades recurren a expansiones monetarias agresivas para estimular la economía.

Las consecuencias las conocemos bien. Los jubilados con ingresos fijos ven cómo sus ahorros pierden poder adquisitivo año tras año. Los ahorradores más conservadores se ven obligados a tomar riesgos que preferirían evitar solo para defenderse de la inflación. Y quienes tienen menos conocimientos financieros o acceso limitado al sistema bancario—según la Global Findex Database del Banco Mundial, alrededor del 30 % de los adultos en América Latina y el Caribe aún no tenía cuenta financiera en 2024—sufren una erosión silenciosa de su patrimonio.

Desde los años ochenta, América Latina ha vivido episodios dolorosos de alta inflación: México durante la década perdida, Brasil a inicios de los noventa, Perú entre 1988 y 1991, Argentina con la hiperinflación de 1989-1990 y el corralito de 2001, Venezuela entre 2016 y 2020, y otros casos como Bolivia y Nicaragua. Aunque la región siempre ha demostrado una gran capacidad de adaptación y dinamismo empresarial, el recuerdo de esas crisis sigue muy presente en la memoria colectiva y condiciona la forma en que muchas familias ahorran e invierten.

Por eso no sorprende que cada vez más personas busquen alternativas: un medio de intercambio cuyo valor no pueda ser erosionado por la creación arbitraria de dinero. Esto explica en gran parte por qué América Latina se ha convertido en una de las regiones más activas en adopción de criptomonedas (según Chainalysis, la región registró un fuerte crecimiento en 2025, impulsado tanto por usuarios individuales como institucionales. Países como Argentina, Brasil y Venezuela suelen aparecer entre los de mayor adopción mundial): se señaló acertadamente que América Latina no adoptó las criptomonedas por especulación, sino porque los sistemas financieros tradicionales fallaron repetidamente a la gente común.

Desafortunadamente, mientras las monedas fiduciarias perdían poder adquisitivo de forma constante, el oro era presentado como una «reliquia del pasado», a barbarous relic, como lo definió Keynes en 1923. Asesores de inversión y comentaristas financieros compartían ampliamente la visión despectiva de Warren Buffett de que el oro no era más que un activo improductivo: «[El oro] se extrae de la tierra en África, o en algún otro lugar. Luego lo fundimos, cavamos otro agujero, lo volvemos a enterrar y pagamos a personas para que se queden vigilándolo. No tiene ninguna utilidad».

Sin embargo, el cambio fue más allá de la forma en que el oro era visto como inversión: su papel como dinero fue relegado a un segundo plano, tanto en el sistema monetario moderno como en buena parte de la literatura y los comentarios financieros, hasta el punto de que la supuesta irrelevancia monetaria del oro en una economía moderna pasó a convertirse en una creencia ampliamente aceptada. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en algo tan cotidiano como los foros de inversión en Internet, donde el oro casi siempre se debate en la sección de materias primas, y no en la de divisas, como si su historia monetaria no fuera más que una nota a pie de página. ¿Y quién no recuerda la famosa respuesta de Ben Bernanke durante la audiencia del Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes en 2011, cuando, tras ser preguntado por el congresista Ron Paul por qué los bancos centrales seguían manteniendo oro si este no era dinero, respondió con una sola palabra: «tradición«?

Creo—probablemente debido a una especie de efecto Cantillon (ese fenómeno por el cual el dinero nuevo beneficia primero a quienes están más cerca de la fuente, antes de que los precios se disparen para el resto)—que separar el dinero del oro ha terminado beneficiando al establishment financiero mucho más, y quizás hasta exclusivamente, que al ciudadano común.

Creo también que, ante la continua creación de dinero inherente a los sistemas monetarios fiduciarios y la consiguiente devaluación monetaria, los inversores sofisticados gozan de ventajas sustanciales frente a la persona promedio. Estas incluyen el acceso privilegiado a información superior y a productos financieros complejos que siguen siendo en gran medida desconocidos e inaccesibles para la mayoría—en particular para los no bancarizados y subbancarizados.

Finalmente, considero que la devaluación monetaria derivada de la creación excesiva de dinero penaliza sobre todo a las familias de bajos ingresos, cuyos márgenes de ahorro son tan limitados que rara vez cuentan con los recursos económicos ni con la liquidez necesaria para invertir de forma efectiva.

Democratizar el acceso a los metales preciosos

Hay países donde el mercado minorista de oro y plata físicos está tan consolidado que comprar estos metales resulta relativamente sencillo, mientras que en muchos otros apenas existe, lo que deja a los pequeños ahorradores con muy pocas alternativas reales. Incluso allí donde existe una red de distribuidores especializados, tanto por internet como a través de establecimientos físicos, adquirir metales físicos sigue siendo bastante más complejo que abrir una cuenta de ahorro o comprar un ETF. El inversor debe tomar numerosas decisiones: ¿es preferible comprar monedas o lingotes?, ¿optar por piezas de pequeño tamaño o por lingotes de mayor formato?, ¿cómo organizar un transporte seguro?, ¿cómo verificar la autenticidad del metal tanto al comprar como al vender?, ¿dónde encontrar los spreads entre compra y venta más reducidos?… Y, sobre todo: ¿dónde custodiar el metal?

La conocida máxima si no lo tocas, no es tuyo, que muchos apiladores consideran una regla incuestionable, refleja en gran medida la realidad de quienes viven en países estables y con un alto nivel de renta, donde guardar metales preciosos en casa puede ser una opción viable. Sin embargo, esa visión pasa por alto la situación de millones de personas para quienes los problemas de seguridad, unas condiciones de vivienda poco adecuadas, la inestabilidad política o la escasa protección jurídica convierten el almacenamiento doméstico en una opción poco práctica o, sencillamente, poco recomendable. Además, es un principio difícil de aplicar a los inversores institucionales: un fondo de pensiones puede ser propietario de lingotes asignados, pero nadie esperaría que los almacenara en sus propias instalaciones.

Según la consultora Fortune Business Insights, América Latina representa todavía una parte relativamente pequeña del mercado mundial de inversión en metales preciosos. Como referencia, Norteamérica concentra alrededor del 40 % del mercado mundial; Asia—especialmente India y China—lidera la demanda de joyería y de inversión en metal físico; Europa y Oriente Medio destacan por su fuerte presencia institucional; mientras que en América Latina predomina la inversión minorista y la búsqueda de activos refugio, especialmente en países como Argentina, Brasil y México.

Esta reducida participación en la demanda mundial de inversión resulta llamativa si se tiene en cuenta la enorme tradición minera de la región, que se extiende desde el norte de México hasta la Patagonia. De hecho, tres de los cuatro mayores productores mundiales de plata son países latinoamericanos: México, Perú y Chile, mientras que Bolivia y Argentina ocupan el octavo y el noveno puesto, respectivamente.

Aunque los Andes—y América Latina en su conjunto—llevan siglos proporcionando oro y plata al mundo, para muchas personas que viven en zonas rurales o en ciudades pequeñas, convertir esa riqueza mineral en una herramienta para proteger su patrimonio sigue siendo complicado debido a la escasa implantación de un mercado minorista de oro y plata físicos y al limitado acceso a servicios bancarios.

Kinesis ayuda a reducir muchas de estas barreras. Permite que cualquier persona pueda poseer oro y plata asignados con solo un teléfono móvil y conexión a internet. A través de su Exchange, se pueden comprar y vender metales a precios mayoristas, con diferenciales de compra y venta competitivos. Esta facilidad es especialmente útil para quienes tienen menos recursos. A diferencia de la compra tradicional de lingotes, donde el metal queda inmovilizado durante años (dead money), aquí es posible acceder a su valor cuando se necesita. Además, los KAU y KAG son altamente divisibles: se puede operar con cantidades muy pequeñas, desde 0,00001 gramos de oro o 0,00001 onzas de plata.

En mi opinión, lo que Kinesis hace en el mundo de los metales preciosos recuerda el impacto que tuvo la banca móvil en la inclusión financiera de los países emergentes. Así como millones de personas en África Oriental accedieron a servicios financieros gracias a plataformas como M-Pesa sin pisar nunca un banco, hoy es posible comprar, vender y usar oro y plata sin necesidad de visitar una bóveda o un distribuidor físico. La democratización del acceso a moneda sólida podría tener un efecto igualmente transformador.

Patrón oro 2.0: Moneda sólida para la era digital

Como mencioné al principio, Kinesis va más allá de simplemente facilitar la compra y custodia de metales preciosos. Los usuarios pueden transferir fondos de forma instantánea entre monederos digitales, pagar con la Kinesis Card (que convierte automáticamente el oro o la plata en moneda local al momento de la compra) y los comercios pueden aceptar pagos en metales a través de Kinesis Pay. En todos los casos, el objetivo es el mismo: devolver al oro y a la plata su función histórica como dinero, y no tratarlos únicamente como activos de inversión.

La historia muestra que el escepticismo ante las nuevas tecnologías de pago no es nuevo. Cuando aparecieron las tarjetas de crédito, mucha gente dudaba de confiar su dinero a un simple trozo de plástico. Lo mismo pasó con la banca en línea: muchos decían que nunca gestionarían sus finanzas por internet y que siempre preferirían ir a su sucursal. Hoy en día, ambas forman parte de la vida cotidiana.

Esta propuesta encaja especialmente bien en América Latina, una región que ha vivido un gran avance en banca móvil y soluciones fintech durante la última década. Millones de personas que antes tenían poco acceso a servicios financieros ahora los manejan desde su teléfono. Países como Brasil han liderado este cambio con innovaciones como Pix, que permiten pagos instantáneos. Aun así, los pagos internacionales siguen siendo, en muchos casos, lentos y caros.

Kinesis puede entenderse como una evolución digital del patrón oro, una especie de Patrón Oro 2.0. No pretende volver al sistema monetario del siglo XIX, sino combinar la disciplina monetaria tradicionalmente asociada al oro con la rapidez y la comodidad que ofrecen los pagos digitales.

La gran diferencia con el patrón oro tradicional es que aquí la participación es completamente voluntaria. Cada persona decide libremente si quiere ahorrar y pagar con metales preciosos o seguir usando las monedas fiduciarias de siempre. Esto evita una de las críticas más comunes al sistema antiguo: la imposición de un único modelo a todos.

En mi opinión, este aspecto voluntario y la consiguiente competencia entre monedas se encuentran entre los puntos fuertes del modelo, ya que ofrecen a particulares y empresas lo que podríamos llamar libre elección monetaria. Comparto con Friedrich Hayek la idea de que la competencia entre distintas monedas puede contribuir a reintroducir disciplina en los sistemas basados en dinero fiduciario: «Hayek era esencialmente escéptico respecto de las capacidades de los hacedores de política para poner en práctica políticas compatibles con la estabilidad de precios y, por consiguiente, se opuso a otorgarle al sector público el monopolio de la emisión de moneda, al que caracterizó como proclive al abuso dado los incentivos del sector público para incurrir en inflación. Hayek extendió su propuesta al sistema monetario internacional presentando a la competencia entre divisas como un sustituto de la disciplina impuesta por el oro hasta esa fecha.» (www.bcra.gob.ar)

Pérdida del poder adquisitivo del euro desde su introducción

La importancia del Allocated Bullion Exchange (ABX)

Kinesis se apoya en la Allocated Bullion Exchange, o ABX, una plataforma institucional para la compraventa y el almacenamiento de metales preciosos físicos que comenzó en 2011 y se lanzó por completo en 2016.

Para el usuario cotidiano, lo que más importa es la red consolidada de ABX, que incluye socios logísticos y cámaras acorazadas profesionales como Malca-Amit, Armaguard y Loomis International. Estas alianzas permiten acceder a una infraestructura de almacenamiento asegurada y distribuida globalmente. El sistema gestiona los registros de propiedad, las conciliaciones y las auditorías independientes. Por eso, las auditorías del metal que respalda KAU y KAG, realizadas por Bureau Veritas, pueden hacerse con regularidad y eficiencia: todo forma parte de un entorno de custodia profesional ya establecido.

¿Pueden el oro y la plata volver a ser dinero en una economía digital?

Los críticos de la idea de convertir de nuevo el oro en moneda sostienen que los sistemas respaldados por oro no pueden competir con las redes fiduciarias ya establecidas. Las monedas nacionales están profundamente arraigadas en las leyes, los impuestos, los contratos, los salarios y la vida cotidiana, mientras que el dólar estadounidense domina las transacciones transfronterizas.

Dentro de la comunidad de los inversores de metales preciosos existe un amplio consenso a favor de recuperar algún tipo de patrón oro, es decir, un sistema en el que el dinero vuelva a estar vinculado al oro en lugar de basarse exclusivamente en monedas fiduciarias. Sin embargo, esta preferencia suele ir acompañada de una profunda desconfianza hacia todo lo digital, una cautela alimentada en gran medida por la aparición de Bitcoin y del ecosistema de las criptomonedas. Con frecuencia se encuentra una visión nostálgica que aspira a recuperar los sistemas de pago de hace un siglo, cuando el patrón oro aún estaba vigente, e implantarlos prácticamente sin cambios en una economía que hoy es infinitamente más compleja.

En los círculos de las criptomonedas, muchos consideran la propia naturaleza física del oro como un defecto—uno que condena cualquier posibilidad real de que recupere un papel monetario en la era digital.

La cuestión central sigue siendo, por tanto: ¿pueden el oro y la plata volver a funcionar como moneda en economías construidas en torno a los pagos digitales?

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